Carlos Pellegrini, 10 de mayo de 2016

A quien corresponda:

Me llamo A.P., tengo 28 años y soy argentino. Realicé mi misión de 21 meses con Puntos Corazón en el período 2011-2012 en la Fazenda do Natal en Salvador de Bahía, Brasil. Para mí ha sido una experiencia sumamente radical y una de las decisiones mejor tomadas en mi vida.

Si bien ya conocía Puntos Corazón desde 2003, el llamado y el deseo de misionar fue apareciendo de a poco hasta hacerse inevitable y difícil de mirar hacia el costado. Fue particularmente la experiencia previa de una Amiga de los Niños lo que me motivó y me hizo sentir que yo quería vivir eso mismo. El modo en que se refería a sus amigos de Ecuador y como me hablada de ellos como si estuvieran a la vuelta de la esquina, me hacía sentir partícipe de su experiencia y como si yo ya lo hubiese vivido.

Luego de haber realizado la formación y preparación para salir de misión, y adentrarme más en el carisma, es que me designaron un destino: Brasil. Creo que fue simplemente perfecto y bien discernido. Era mi lugar; donde Dios me quería en ese momento.

El llegar allí fue como un renacer. En menos de 24 horas pasé de estar en Argentina con mi familia a formar parte ahora de una comunidad que amparaba niños y familias y que rápidamente se convertirían en mi nueva familia. Desde el comienzo me sentí bien recibido y pasé a tener sentido de pertenencia. Empecé a ver como este nuevo entorno comenzaba a sacar lo mejor de mí y me ayudaba a descubrir nuevas capacidades. Así también, esta realidad permitía confrontarme con mis propias miserias y me ayudaba a donarme más al otro.

Varias personas marcaron mi estadía allí. Didí, un año mayor que yo y que sufre de parálisis cerebral, se convirtió en un gran amigo y despertó mi cariño por las personas con discapacidad. Cuidar de él ha sido un privilegio. A pesar de su discapacidad, es justamente su simplicidad y el misterio que en él habita lo que lo convierten en un gran maestro. En gestos simples como darle de comer, ayudarlo a tomar baño, llevarlo en su silla de ruedas, me hicieron dar cuenta que la vida puede ser grande dependiendo a quien acompañamos. No se trataba más de mí; ahora había otro. Fue en ese darme al otro que comencé a mirar la realidad con otros ojos y a dejar de lados mis problemas, todo parecía tan pequeño frente a semejante  grandeza que se me presentaba.

Luego, Diego, transitando su adolescencia, fue especie de hijo que Dios me confió. Comenzamos una linda amistad y me convertí rápidamente en su hermano mayor, ayudándolo con consejos y a salir adelante en su vida a pesar de sus dificultades y a apartarse de los malos caminos.

El trabajo en la Fazenda, sobre todo su ritmo de oración, en un comienzo se me hizo un poco pesado. Sin embargo, pude aprender lo que es la obediencia, el compromiso y la simplicidad de la vida comunitaria. Cada día era una gran aventura. En cada actividad, en cada gesto, Dios se revelaba de un modo especial.

De Puntos Corazón me llevo grandes amistades, hermanos en la fe y principalmente un gran aprendizaje que se enraizó en mí y aflora en cada momento que vivo. No quedó en un mero recuerdo del pasado sino en una presencia que se actualiza en cada encuentro que vivo con el otro.