¡Laudetur Iesus Christus!

A quien corresponda:

Mi nombre es S.A., tengo 39 años y vivo en Plottier, en la Patagonia Argentina. Contar cómo Dios me ha llamado a ser parte de esta familia espiritual que es Puntos Corazón no tiene que ver, en mi caso, con haber sido Amigo de los Niños en tierra de misión. Su generosa invitación llegó a mi vida en un momento muy particular, cuando atravesaba un momento de gran oscuridad, de muchas dudas sobre mi identidad cristiana, de poca vida sacramental y una muy pobre vida de oración. Sin embargo, como nos lo recuerda Francisco en estos días: « Dios no conoce la cultura del descarte. Él no descarta a ninguna persona, busca y ama a todos« . Cuando más lejos de todo me encontraba, este Dios tan rico en misericordia vino a buscarme. El camino que empecé a andar con Puntos, según el providencial querer eterno de Dios, lo empecé (y lo sigo andando hasta el día de hoy, con luces y sombras, pero con Su favor) como padrino. Este don que se me ha dado, ciertamente sin merecerlo, me ayudó y me sigue ayudando a descubrir que Dios existe y nos quiere mucho, que Su presencia se hace tan clara como el amor que me propone vivir. Me anima a saborear, día a día, que hay Alguien que me ama profundamente, tanto que hizo un sacrificio enorme para quedarse entre nosotros y así enseñarnos cómo amar de verdad también nosotros, con un amor que no es egoísta, que sabe amar al otro aunque cueste estar al pie de la cruz. Estas son las certezas que contemplamos durante nuestros momentos de Adoración, un sano hábito que he vuelto a disfrutar como parte de la propuesta de la Obra. La vida de oración, que se hace concreta con el gesto del rezo diario del Santo Rosario ofrecido por la ahijada (a lo largo de estos años, se me han propuesto cuatro ahijadas, Vicky fue la primera, luego llegarían Nani y Silvana hasta llegar a Natalia, por quien se ofrece mi pobre oración de manera cotidiana desde hace más de tres años). Dando estos pocos e inseguros pasos, pero, como afirma Don Giussani, en “compañía de lo Divino, del Misterio que se ha puesto al lado del hombre asumiendo su humanidad” llegué a compartir las actividades propuestas para dar gracias a Dios por los veinte años de la Obra. Este fue el momento del que Dios se sirvió para proponerme otro don, al ser invitado a formar parte de la Fraternidad S. Maximiliano Kolbe, una rama del frondoso árbol que es la Obra Puntos Corazón. Confiado una vez más en Su generosa providencia, sabiendo que ha soñado amorosamente un plan para cada uno de nosotros, dije sí a esta llamada tan particular de ser miembro de la Fraternidad para “vivir en el corazón de sus obligaciones profesionales y familiares, desde el espíritu y la gracia de la Obra”.

Ese sí fue renovado el año pasado, momento en el cual también se me pidió otro sí: ser el hermano responsable de la Frat en Argentina. Sabiendo que Dios llama y Su Gracia fortalece, que todo lo que recibimos lo recibimos para dar fruto y el fruto no viene sólo de nuestro esfuerzo, podría preguntarme, como Moisés en su momento, ¿quién soy yo para esta misión? Dios contesta y no deja lugar a dudas: Yo estaré contigo. Sólo puedo dar frutos con y en el Señor. Así, junto a mis hermanos, buscamos anunciar y compartir lo que hemos encontrado como sentido de nuestras vidas y por eso no podemos vivir sin compartirlo con los hermanos, con los rostros que encontramos y nos interpelan. Esos que necesitan, hoy más que nunca, escuchar la Palabra liberadora, sentir un gesto de compasión que hace concreta la caricia de Dios, Padre de Misericordia. Entonces intentamos ser la prolongación, en la vida dos veces milenaria de la Iglesia, de aquellos que gritaron con voz de kerigma “no podemos callar lo que hemos visto y oído”. La oración, la vida sacramental, la vida de apostolado y al apoyo a la Obra son los instrumentos que se me proponen, como a toda nuestra familia espiritual, para seguir respondiendo a esta invitación que tanto marca mi vida de hijo de Dios e hijo de la Iglesia. Las palabras de Don Giussani se me vienen otra vez a la cabeza: “¿Cómo se hace presente aquí y ahora lo que sucedió hace dos mil años? Cada uno de nosotros lo sabe más o menos bien; se hace presente a través de la Iglesia, cuerpo de Cristo, como escribe san Pablo en la Carta a los Efesios: la Iglesia «plenitud de Cristo»” (Cf. Ef 1, 22-23).

Así, de una forma tal vez breve y desordenada, he intentado compartir esta experiencia de comunión que tanto enriquece mi vida y la de mis hermanos. Me he dejado seducir por el desafío de vivir la compasión y estoy convencido de que sostenido por Su mano misericordiosa y la comunión fraterna de mis hermanos en particular y de la Iglesia toda en general he de ir andando esta invitación. Soy consciente de lo que mi palabra compromete en mi vida y es por eso que, una vez más, me encomiendo de forma particular al cuidado de María, Madre y modelo de Compasión. Rezo para que ella ayude a hacer crecer lo que su Hijo ha querido comenzar en mí, sin yo merecerlo, como claro gesto de la gratuidad de su Salvación. Agradezco muy especialmente a quienes me han acompañado en este camino y vuelvo a pedirles que recen por mí para que pueda caminar, como nos los dice San Pablo, en “la obediencia de la fe” (Rm 16, 26b), siendo para otros signo concreto de compasión y consolación. Finalmente, ofrezco mi pobre oración por sus intenciones. Queden con Dios, hermanos.

 

En Cristo, el Rostro de la Misericordia de Dios, y María, Madre de Compasión.