Me llamo María S.V. tengo 34 años y soy de Córdoba, Argentina. Desde hace poco más de 14 años que permanezco cercana a Puntos Corazón, como ex voluntaria en Haití y Buenos Aires, y actualmente soy miembro de la Fraternidad San Maximiliano Kolbe, y cada lunes hago escuela de comunidad con mis amigos en mi ciudad.

Nací en una familia católica y me eduqué en un colegio católico, y es donde también he encontrado a mi familia espiritual: hoy Puntos Corazón.

Cada vez que pienso en mi experiencia de misión en Haití y después en Buenos Aires, viene a mi memoria rostros concretos, por donde he descubierto la belleza de una vida entregada a la Iglesia y los que están solos o a los que menos tienen. En Haití y en Buenos Aires aprendí desde la vida comunitaria y en lo particular de hermanos consagrados a ésta familia espiritual, lo valioso de entregar la vida por alguien, más aún por Cristo.

Cuando uno vive la cotidianidad puesta en tensión constante hacia Cristo, nada se pierde, ni siquiera el arroz quemado, las mañanas de lavar a mano las ropas, limpiar la casa, salir a barrer la vereda, ir a comprar el pan, encontrarse con un vecino, salir a visitar un amigo, nada se pierde, y todo se vive con una plenitud mayor o más intensa. Y es justamente eso, eso pequeño que he experimentado en Puntos Corazón, y que aprendí de mis hermanos de comunidad, y que HOY sigo siendo testigo cada lunes, cuando en escuela compartimos la vida, la cotidianidad del trabajo, del estudio, de la familia.

Lo verdadero de la experiencia dentro de esta familia espiritual, no es haber hecho algo fascinante o loco, como lo es el vivir en una villa o subirme a un avión a un destino poco conocido; lo verdadero de esta experiencia es que es un hecho concreto en mi vida, en mi historia de fe, ha sido un encuentro con un Cristo vivo, presente y que me espera en cada instante. Y más maravilloso aún, porque me permite de vivir mi vida, en el trabajo, en mi familia, en mi estudio, con esa constante tensión de buscarlo a Él, aunque ya haya regresado hace 14 años, y es que ya no puedo mirar la realidad de igual modo, porque Dios me ha encontrado y yo me he dejado alcanzar por Él.

Soy muy agradecida de que Dios haya pensado para mi esta experiencia y en la que hoy puedo seguir caminando, para intentar vivir una presencia evangelizadora en mi lugar de trabajo, con amigos, familia, viviendo lo cotidiano con la intensidad que exige nuestra fe, ese desafío constante de buscar lo esencial, de valorar lo humano, de juzgar lo cotidiano desde la mirada de un Cristo que acontece igualmente hoy, aquí y ahora. Simplemente puedo decir que, aprendí que la fe no es algo que convive conmigo en un momento de mi historia, como lo ha sido el bautismo, la comunión, los años en el colegio con las religiosas, en la catequesis, confirmación o las misas de los domingos.

Hoy puedo afirmar que gracias al modo de vida particular que la Iglesia tiene, en sus infinitos carismas, es desde ésta familia de Puntos Corazón, en donde aprendo constantemente que la fe no es algo separado de mi vida y que me revisto para ciertas ocasiones, sino que se trata de la actitud con la que puedo entregarme confiadamente a la vida, abrazando la realidad, a veces más dura que otras, como lo ha sido la enfermedad de mis padres, la falta de trabajo hace año y medio atrás, etc. pero sin duda que en libertad plena y con la conciencia de adherir plenamente a Cristo y participando vivamente en la Iglesia, valorando así la vida consagrada, la belleza del matrimonio y la infinitez de carismas y dones que hoy están presentes en mi Iglesia particular.

Doy gracias a Dios y pido a María Santísima por cada misionero, por cada consagrado y voluntario que al igual que yo, desea vivir una fe que adhiera plenamente a Cristo y al mismo tiempo sea un salto de confianza a la vida.