Quería escribir esta carta y lo primero que recordé fue una expresión del Papa Francisco que leí esta mañana. Él recomienda que pidamos siempre la presencia del Espíritu Santo porque tiene la tarea de despertar la memoria y « hará recordar las enseñanzas de Jesús en las diversas circunstancias concretas de la vida ». Nada más justo que despertar hoy la memoria agradecida para todo lo que Puntos Corazón me ha educado en el seguimiento de Jesús y su Iglesia.

Mi nombre es L.P., tengo 33 años y vivo en Córdoba, Argentina. Hace 14 años que Puntos Corazón es parte de mi familia. Digo que es mi familia no solo porque comparto este lugar de Iglesia con mi hermana, cuñado y sobrino sino porque en esta Obra he experimentado el amor gratuito, incondicional y libre que se vive cuando nos sentimos hermanos de un mismo Padre.

Podría contar sobre mi misión en Brasil en la hermosa Fazenda do natal… pero siento que sería reducir a una sola experiencia lo que Puntos Corazón significa en mi vida. Aún recuerdo, y mueve el corazón ese:  » Hay niños que ya no saben sonreír. Hay niños que están solos en el mundo… », que escuche por primera vez en una difusión. Con el tiempo fui desentrañando, que eso que me movió era la voz de Jesús, la que me invitaba a vivir consolando.

Sabe, en este lugar de Iglesia se me anunció de forma viva que a los pies de la Cruz, junto a María, era el mejor lugar para estar. Ahí donde nadie quiere permanecer, donde el mundo escapa, yo podía ser testigo del Misterio. También me hablaron del poder de la oración del Rosario. Me enseñaron a dejar en cada « Ave María » la vida y el corazón de los que sufren. Acá, me hablaron de la Iglesia peregrina, de esa con la que hacemos comunión en la Eucaristía diaria.

Tengo tanto para contar de esa decena de amigos que recibieron los sacramentos, convertidos ante el testimonio de misioneros, hermanas y sacerdotes que ofrecen todo por amor a Dios.

Le cuento, porque el Espíritu así me invita, que una vez en Brasil el Padre Arnold en una confesión me dijo: » Dios está apasionado por los pecadores, y entre los pobres tiene su mejor lugar », desde ese día cada vez que me confieso disfruto la predilección de Dios por mí.

Y reconozco que no es fácil vivir amando. Cuando me sentí aturdida sin saber dónde poner el corazón de tantas soledades, quienes me acompañaron solo tenían una respuesta « llévalos frente al Santísimo ». Y ahí en la adoración cotidiana, fui siendo educada para toda la vida: Ese Dios escondido en el pan tiene la Victoria en la aparente derrota.

Otra cosa de lo que no me canso de sorprenderme es que la amistad en Puntos Corazón es mucho más que besos y un rico mate. La amistad es vivir el presente en la escucha amorosa, pero también con una mirada trascendente. Es que nos despedimos seguido, los amigos se nos regalan por poco tiempo. Confieso que desde hace 14 años voy sumando ganas de eternidad. Amigos como Rossi, Daniel, Héctor, la hermana Mili y muchos otros son los que deseo abrazar en el cielo.

También en Puntos aprendí a vivir y discernir en verdad, con el regalo de la hermana Leti. Ella ha sido muy justa y amorosa con todas mis inquietudes. Siempre he recibido su autentico deseo de encontrar el proyecto de Dios. En la hermana he escuchado el ánimo de quién espera confiada la Promesa.

Y podría estar todo el día, pero hago memoria de lo más importante: En Puntos Corazón creció mi amor por la Iglesia y sus pastores. Comencé a atesorar con alegría – y con trabajo también- la rica liturgia que tenemos. Empecé a leer e interesarme por los documentos Papales, por las catequesis de Juan Pablo de Benedicto. Reconozco sin temor a equivocarme, que todo lo leído, ha enriquecido mi fe Católica y lo que se de ella.

Por último, el llamado a consolar sabiendo que en el otro está Jesús, es lo que alimenta hoy mi vida de laica comprometida. En mi trabajo – con alumnos y compañeros-, en mi grupo de oración y en mi apostolado. Es que Puntos Corazón hizo arder el llamado de Jesús a ser « Lucía » completamente. Lucía que ama y que consuela el rostro más pobre de Dios, dentro de una Iglesia que abraza la Cruz pero que tiene la esperanza en la Resurrección.

Gracias por leer este testimonio que es la verdad de mi vida.

Lo encomiendo especialmente a los dulces brazos de María.

 

Saludos desde Argentina.